El restaurante de Jesse Excerpt

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Capítulo 1

—Tanner, Mike está al teléfono.

—Gracias, Miranda. —Bajé el cuchillo que estaba usando para cortar los tallos de los brócolis a la juliana, me limpié las manos en el delantal mientras caminaba hacia la diminuta oficina al lado de la cocina y levantaba el auricular—. Hola, Mikey.

—Hola, Tanner. ¿Te encontré en un buen momento?

—Sí. —Me dejé caer sobre el sillón de cuero raído—. Terminó la hora de almuerzo y la cena no empezará sino hasta dentro de un par de horas.

—¿Qué hay de cenar?

—La ensalada de brócoli de tu padre. Jared McFarland tuvo una gran cosecha esta temporada y nos dio un montón.

—Aún usas las recetas de mi padre en el restaurante, ¿eh? Sabes que no tienes que hacerlo —pausó y bajó el tono de su voz—. Igual con su nombre.

El padre de Mike abrió el Restaurante de Jesse hacía treinta años y todos en nuestro pequeño pueblo de Hope, Arizona nos encantaba tanto la comida como el hombre. Jesse había sido un padre para la mitad del pueblo, incluyéndome, y un año y medio después de su muerte todos seguíamos sintiendo su ausencia.

—Este siempre será el Restaurante de Jesse —dije con firmeza—. Solo lo cuido por él.

—Te heredó el restaurante, Tanner. Sin condiciones ni compromisos. Quería que lo administraras, no que lo volvieras un mausoleo. —Inseguro de cómo responder al recordatorio de que el padre de Mike había dejado el restaurante a un empleado en vez de a su hijo, me aclaré la garganta y me removí incómodo—. Te he dicho un millón de veces que no tengo problemas con ello. Mi padre sabía que jamás me mudaría de vuelta a Hope para administrar el restaurante y mi papá tiene más que suficiente dinero para pagar mis estudios.

Era verdad. Poco tiempo después de la graduación del instituto, Mike se había mudado a Las Vegas para asistir a la universidad y había declarado a la ciudad del pecado como su residencia permanente. Sus padres no se habían sorprendido porque Mike siempre quiso vivir en una ciudad grande y francamente se habían sentido agradecidos de que su nuevo hogar estaba a tan solo tres horas y media de distancia en coche. Además, aunque el restaurante le había dado suficiente dinero a Jesse para mantenerse, su pareja, Steve Faus, había sido el proveedor principal de su familia.

—No te quedes silencioso, Tanner. Todo el pueblo sabe que adoras ese restaurante tanto como mi padre lo hacía y están felices de que te lo haya dejado. Deja de sentirte culpable por ello y deja de hacer las cosas exactamente como él. Hubiese querido que lo hicieras tuyo.

—Yo, eh, cambié la forma en la que entregamos la cuenta —admití en voz baja.

Después de una pausa, Mike preguntó:

—¿La forma en la que entregan la cuenta?

—Sí. ¿Recuerdas que teníamos esas bandejas negras? —Froté los labios.

—Ajá.

—Los reemplacé con libros viejos.

—¿Libros?

—Libros viejos. —Asentí, aunque Mike no podía verme—. Compré una docena de ellos en Segunda Mano. Ahora metemos la cuenta en el libro, se los entregamos con un bolígrafo y los animamos a que escriban una nota dentro. Todos se han divertido compartiendo comentarios y leyendo lo que otras personas escribieron. Será mucho mejor con el paso de los años y las páginas se llenen. Las personas podrán ver lo que escribieron cuando eran más jóvenes. Los niños podrán ver lo que sus padres escribieron, incluso algún día, sus abuelos.

Me encantaba la idea de conexiones durante generaciones. Era algo que no tenía en mi propia vida, ese sentimiento de pertenecer a algo. Vivir en Hope me ayudó porque la comunidad era muy cercana, pero al mudarme aquí de adolescente no tenía las mismas conexiones que muchos otros.

—Esa es una… idea encantadora. Muy a lo Hope.

Exacto.

—Gracias.

—¿Qué más tienes planeado?

—¿A qué te refieres? —Apreté la mandíbula.

—Vamos, Tanner. Te conozco desde que tenías dieciséis. Tienes más ideas para el lugar.

Haciéndome el loco a propósito, dije:

—Tu padre era un excelente cocinero. Sus recetas eran perfectas.

—Sí, lo era —suspiró Mike con añoranza—. Y las preparas muy bien. A lo que me refería era al restaurante en sí. No puedes permitir que todas esas horas que pasas mirando HGTV se desperdicien.

—Yo no…

—Seis años, Tanner. Hemos sido amigos seis años.

Lo que significaba que me conocía mejor que nadie. Lo conocí en el instituto cuando era un adolescente delgaducho intentando alejarme de un par de estudiantes a quienes les encantaba molestarme y atormentarme, y Mike era un alumno gigantesco de primer año que no tuvo problemas con enfrentarse a ellos y detener el asunto. Me sentí agradecido y sorprendido a partes iguales. Agradecido porque nadie me había defendido hasta entonces. Sorprendido porque Mike sin problemas me dijo que tenía dos hombres como padres y que cualquiera que tuviera problemas con la gente gay tendría un problema con él.

Sabía que era gay mucho antes de alcanzar la adolescencia y los bravucones de la escuela posiblemente me molestaban porque lo sospechaban, pero nadie nunca me lo había dicho en voz alta hasta ese momento. Y reaccioné a la declaración casual de Mike de la misma manera involuntaria y llena de vergüenza que lo hice a su observación de que me gustaban los programas de decoración.

—Bien. Me gustan los programas de remodelación, ¿y qué? —dije a la defensiva.

Admitir que miraba programas de televisión para mujeres era un estereotipo que no estaba dispuesto a aceptar y del que no podía escapar. Mis gestos eran demasiado femeninos, mi voz muy suave y mi cuerpo no estaba muy desarrollado. Jesse siempre decía que los hombres venían en todas formas y tamaños y que no tenía nada de malo cómo me miraba, pero era difícil creerle cuando me sentía atraído hacia hombres con cuerpos grandes, velludos, voces roncas y facciones rudas. Aunque, compartía los gustos de Jesse si su pareja era ejemplo. Casi me tragué la lengua cuando vi al hombre de más de un metro noventa y cinco y cien kilos ex jugador de futbol americano, Steve Faus, y seis años después, mi reacción ante el hombre mayor era ligeramente menos humillante. Afortunadamente, Steve no había notado mi obsesión con él o era demasiado amable para mencionarlo.

—Así que nada —dijo Mike—. Mira los programas de televisión que te gusten, hombre. Solo digo que las paredes del restaurante no han sido pintadas en treinta años y los asientos son iguales de viejos. No pretendas que estás bien con la cinta adhesiva que sostiene el vinilo rasgado. Mantienes esa diminuta casa de huéspedes que rentas del sheriff lo suficientemente limpia como para hacer una cirugía en el piso y sé que te mueres de ganas por remodelar el restaurante y yo digo que lo hagas.

Me removí de nuevo, esta vez porque tenía razón, quería reparar esos problemas y más.

—Quizás modernice algunas cosas. Veremos cómo me va con lo monetario al final del año. —Y si tenía el valor de hacer a un lado la memoria de Jesse y realmente tomar su lugar—. Como sea, dudo de que me llamaras para hablar de decoración. ¿Qué hay de bueno?

—Mi miembro —dijo Mike y luego se echó a reír.

—Esa broma no era graciosa cuando tenías catorce y se ha vuelto menos graciosa con el paso del tiempo —dije seriamente.

—Me parece que es divertida.

—Al menos a uno de los dos.

—Como sea, amigo. Eres demasiado formal. Necesitas acostarte.

—No puedo creer que existan chicas que estén dispuestas a salir contigo cuando hablas así.

—Soy sexy. —Bajó el tono de su voz y añadió sugerentemente—: Además, hago otras cosas con mi boca que realmente disfrutan. Como Naomi, esta chica con la que ahora salgo, se vuelve loca cuando…

—No me cuentes de tu vida sexual, Mikey. No quiero saberlo. —Era la verdad. Él era lo más cercano que tenía a un hermano, así que nunca había sentido un ápice de atracción hacia él. O quizás era porque había usado toda mi atracción en mi enferma obsesión por su papá.

—Oye, hombre, te estoy haciendo un favor. Escuchar mis aventuras es lo más cerca que estarás de hacer algo.

—Hasta donde sabes, podría estar recibiendo mucha acción, pero soy demasiado caballeroso como para hablar de ello. —Mentira. Mi vida sexual era vergonzosamente inexistente y mi vida personal era igualmente de solitaria.

Mike bufó incrédulo.

No me molesté en insistir porque, francamente, no había forma en que me creyera.

—¿Qué quieres, Mikey?

—Necesito que me hagas un favor y visites a mi papá.

—¿Tu papá? —chillé. Maravilloso. Ahora Mike pensaría que estaba de nuevo en la pubertad o notaría mi reacción inapropiada ante la mención de su papá. Esperando que no me hubiera puesto atención, me aclaré la garganta y volví a hablar—. Qué, eh, ¿qué le pasa a tu papá?

—La vicepresidenta de su empresa me llamó. Me dijo que no es él mismo y que lo obligarán a tomar unas vacaciones.

La muerte de Jesse había sido una sorpresa para todos nosotros. Cáncer pancreático que no fue detectado hasta que Jesse estaba en una camilla del hospital inconsciente. Dos días después, había fallecido a sus cincuenta y ocho años.

—Está de luto por la muerte de su pareja. Por supuesto que no es él mismo —dije a la defensiva—, y, además, llamar al hijo de alguien para hablar de sus problemas en el trabajo no es nada profesional.

—Mi papá ha trabajado para esa empresa desde siempre y están preocupados por él. Su jefa y yo nos llevamos bien. No tenía a nadie más a quién llamar.

Cuando Mike todavía vivía en el pueblo, no conocía tan bien a Steve como a Jesse. En parte se debía a que viajaba frecuentemente por trabajo. El hombre era un adicto al trabajo incorregible. También había limitado nuestras interacciones porque me sentía incómodo con mi reacción hacia él. Después de todo, se necesita una clase especial de patético pervertido al no solo sentir lujuria por el papá de su amigo, sino por la pareja del hombre que me había guiado. Ahora que Mike se había mudado y Jesse había fallecido, Steve vivía solo, así que cuando no estaba viajando, se detenía en el restaurante para cenar y siempre me aseguraba de saludarlo y hablarle un ratito. Eso significaba que conocía a Steve lo suficiente para darme cuenta de lo mucho que disfrutaba su trabajo.

—Si están tan preocupados, debían hablarle a él, no a ti. ¡Y tu papá adora su trabajo! ¿Por qué se lo quitarían cuando ya perdió…? —No necesitaba terminar esa frase porque Mike sabía exactamente lo que su papá había perdido. El pueblo entero estaba de luto por la muerte de Jesse, pero solo Steve había compartido su hogar y cama por décadas. No podía ni imaginarme su dolor.

—Discutir conmigo no cambiará nada, Tanner. No soy su jefe.

Dándome cuenta de que mi reacción fue exagerada, suspiré y dije:

—Lo siento.

—Está bien, pero la empresa no dejará ir a su vendedor estrella y perder un montón de dinero a menos que algo esté muy mal. Tengo clases y evaluaciones, pero iré hasta allá si no puedes ayudar a mi papá.

—Por supuesto, lo ayudaré —espeté. Después de todo lo que Jesse y Mike habían hecho por mí, nunca le daría la espalda a su familia. Aunque ese pariente en particular había alimentado cientos de fantasías y sueños vergonzosos.

—Genial. Llámame después de que lo veas y me informas qué ocurre. Si me necesita, llegaré de inmediato.

Ver a Steve Faus significaría que sería a mí al que le ocurriría algo bueno. Eso era seguro. Mentalmente me pateé por usar el mal sentido del humor de Mike.

—Tengo que irme, Mikey.

—Adiós, Tanner.

Después de terminar la cena, llené recipientes desechables con el especial del día, ensalada de brócoli, y una porción de tarta de chocolate. Dejé el restaurante a cargo de los eficientes Miranda y Joe. Fundado a finales de 1800, Hope era una mezcla de construcciones modernas y antiguas en un área de unos diez kilómetros y como siempre, disfrutaba pasear por el pueblo. Usé el tiempo en silencio para recordarme que estaba haciéndole un favor a mi amigo al ayudar a la pareja de mi mentor. No iba a ir a babear por un hombre sexy.

Desafortunadamente, los quinientos metros de la Calle Main a la casa victoriana color verde menta de Steve, no hicieron lo que seis años del mismo sermón interno fallaron. Con un suspiro resignado, acomodé mi pene en una forma que esperaba que ocultara mi inevitable excitación, sostuve la bolsa de comida frente a mí por lo mismo y toqué el timbre.

La casa tenía dos plantas, cada una de diferente tamaño, así que esperé pacientemente a que Steve abriera la puerta, pero mientras los minutos transcurrían, comencé a preguntarme si Mike había estado equivocado del descanso que su padre se había tomado del trabajo. Caminé por el porche que rodeaba la casa y miré por las ventanas, no estaba seguro de qué era lo que buscaba, pero fui incapaz de abandonar a Steve si necesitaba ayuda. Todo parecía igual que la última vez que estuve ahí, que fue antes de la muerte de Jesse. No había luces encendidas, ni zapatos o alguna chaqueta, nada que indicara que había alguien en casa.

Me bajé del porche, caminé por el jardín y miré a las ventanas del segundo piso. Las cortinas cerradas impidieron que viera demasiado, pero la luz de la habitación principal estaba encendida y vi una silueta a través del vidrio. Si Steve estaba en casa, ¿por qué no respondía la puerta? Me sentí ansioso. Quizás Mike tenía razón de sentirse preocupado. Respirando profundamente, erguí la espalda y volví a subir los escalones del porche.

—Steve —dije con un tono de voz que esperaba que pudiera escucharse por la puerta, pero no para los vecinos—. Soy Tanner Sellers. —Toqué el timbre y la puerta—. Te traje de cenar. —Después de esperar un minuto, toqué de nuevo—. Steve, sé que estás ahí. ¿Puedes abrir la puerta? —Tragué fuertemente—. ¿Por favor?

Unos momentos después, escuché el cerrojo y la puerta se abrió mostrando a un desaliñado, pero aún hermoso, Steve Faus.

—Hola, Tanner —suspiró y pasó sus dedos por su gruesa, oscura y despeinada cabellera—. Lo siento, estaba en una llamada del trabajo. ¿Qué ocurre?

Varios pensamientos pasaron por mi mente.

«¿Cómo le haces para verte siempre tan sexy? Sé que no estás trabajando ahora, así que no podrías haber estado en una llamada del trabajo. ¿Te muerdes los labios o son naturalmente así de carnosos? ¿Qué pasó en el trabajo? ¿Puedo morderte los labios? ¿Llevas ropa interior debajo de esos pantalones deportivos? Mike está preocupado por ti. Por favor, no uses ropa interior».

Afortunadamente, tenía años de experiencia controlando mi reflejo del cerebro-a-la-boca cuando se trataba del papá de Mike, así que en lugar de eso dije:

—La cena —y le pasé la bolsa.

—¿Cena?

—Lasaña. —Moví la cabeza—. Es el especial de hoy. Ensalada de brócoli también.

—Gracias, pero tengo mucho trabajo, así que…

No quería que se deshiciera de mí, así que dije:

—Y tarta de chocolate. Te encanta la tarta de chocolate. —Cosa que sabía porque la habían servido para la fiesta de quince años de Mike y cuando Steve se había metido un pedazo a la boca, cerró los ojos encantado y gimió. Casi eyaculé en mis pantalones.

—¿Tarta de chocolate? —Movió los ojos a la bolsa.

—Ajá. La hice esta mañana así que aún está fresca. —Miré la bolsa solo para asegurarme de que seguía cubriendo mi entrepierna, el recordar esos gemidos y esa expresión aún me afectaban cinco años después—. ¿Tienes leche? Se me olvidó empacar, pero puedo correr a Smitty’s y…

—No necesitas ir a la tienda. Mi nevera podrá estar vacía, pero aún tengo lo básico a la mano. —Steve estiró la mano para tomar la bolsa y se hizo a un lado para permitirme entrar—. Lo que en realidad es simplemente una bolsa de frituras, café y porque no puedo tomarlo negro, leche.

Parpadeé sorprendido porque ese pedazo de información eclipsó mi preocupación de tener una erección notoria.

—Eso no es suficiente para un hombre de tu tamaño. —Me dio grima mi propio comentario, me mordí el labio y esperé que el calor de mis mejillas no fuera visible—. Es, eh, bueno que te trajera la cena.

—Eso fue muy amable de tu parte. —Steve puso su mano en mi espalda y me invitó a pasar, luego cerró la puerta.

El contacto fue simple, casual y breve, pero hizo que ardiera. Estar alrededor de Steve sin Jesse, Mike o un restaurante lleno de personas como intermediarios no me dejó a dónde escapar. Cerré los ojos y respiré profundamente, animándome a calmarme. ¿Y qué si Steve Faus era mi hombre ideal? Tenía veintidós, no dieciséis, y un hombre sexy no podía hacerme dejar de pensar. Ni siquiera un hombre alto, con un cuerpo musculoso, cabello oscuro, ojos azules intensos y una voz seductora.

Oh, ¿a quién engañaba? Estaba perdido.

—¿Quieres comer en la cocina o el comedor? —preguntó.

«Habitación», pensé. Dios, era incorregible.

—Cualquiera está bien por mí. Donde estés más cómodo.

—He trabajado tanto últimamente que casi nunca estoy aquí, pero cuando es así, tiendo a comer en el sofá o sobre el lavabo de la cocina. —Steve sonrió, su expresión auto-despreciativa y adorable—. Sería bueno sentarse para una cena de verdad.

Mi corazón se rompió.

—Vamos al comedor entonces.

—Gracias, Tanner.

Asentí, mi garganta tenía un nudo. Resistirse a Steve sería un reto en cualquier circunstancia, pero ver al hombre generalmente fuerte, vulnerable, sin poder acercarme a tocarlo era insoportable.

—Iré por los platos.

—De acuerdo —chillé. Tragué fuertemente y caminé hacia el comedor mientras Steve iba a la cocina.

Cerrando los ojos, respiré profundamente para relajarme. Podía hacer esto. Podía ser su amigo. Ambos habíamos perdido a alguien importante cuando Jesse falleció y echábamos de menos a Mike desde que se mudó. No había ninguna razón para que no pudiéramos apoyarnos el uno al otro. Ahora era un adulto y el dueño de un negocio. Era maduro, responsable y perfectamente capaz de controlar mi libido.

—¿Todo bien? —preguntó con un tono de voz que parecía estar preocupado.

Abrí los ojos, ignoré a mi libido rebelde y forcé una sonrisa.

—Sí, bien. Lo siento. Estaba, eh…

—¿Soñando despierto? —sonrió Steve—. Siempre lo has hecho.

—¿En serio? —parpadeé sorprendido.

—Ajá. —Steve asintió, colocó los platos y cubiertos en la mesa—. Recuerdo cuando Mike te trajo solías tener esta mirada distante en tu rostro todo el tiempo y cuando te percatabas de que nos habíamos dado cuenta, te avergonzabas y te sonrojabas.

Mis mejillas se enrojecieron. Sabía exactamente lo que Steve describía y no estaba soñando despierto. Bueno, quizás sí, pero eran sueños muy específicos, del tipo que se pueden clasificar como fantasías y siempre eran de Steve.

Necesitaba cambiar de tema y dije:

—¿Quieres que sirva la comida?

—Claro, iré por individuales. —Se acercó a la cómoda antigua—. ¿Demasiado formal? —preguntó sosteniendo manteles individuales y servilletas de tela.

—No, es agradable. No puedo recordar la última vez que usé una servilleta de verdad. —Abrí las bolsas de comida y coloqué porciones en cada uno de los platos—. Probablemente fue para la cena de Navidad cuando mi abuela seguía con vida. —Hacía tres años.

—Igual yo. —Steve puso uno frente al otro los manteles individuales en la mesa larga de madera y luego puso sus manos sobre ellos, para cerciorarse que estuvieran rectos—. Jesse invitó a tantas personas durante las fiestas que usábamos platos y cubiertos desechables. Compré estos manteles individuales hace unos cinco años, pero creo que nunca los usamos.

—Recuerdo esas cenas. —Había sido uno de los muchos invitados a sus comidas del Día de Acción de Gracias, Navidad y Pascua—. Jesse era bueno al ofrecernos un lugar a los que no teníamos.

—Sí lo era. —Steve suspiró tristemente—. Iré por las bebidas. Tengo café, leche, agua y cerveza. Escoge tu veneno.

Por un lado, la cerveza ayudaría a relajarme, por otro, apenas si podía controlarme sobrio, por lo que combinar el alcohol y a Steve posiblemente sería una receta para el desastre.

—Agua está bien.

Moviendo la cabeza en reconocimiento, Steve se fue de la habitación. Cuando volvió unos minutos después, tenía un vaso de agua en cada mano y una cerveza Heineken bajo el brazo.

—No te molesta si me tomo una cerveza con la cena, ¿verdad? —preguntó mientras acomodaba mi vaso de agua.

Estaba inclinándose sobre mi hombro, su calor corporal calentaba mi espalda y su respiración acariciaba mi mejilla. Si estuviéramos desnudos, esta cena habría salido de mis fantasías.

—No, para nada —jadeé. Me mordí el labio y aguanté la respiración esperando a que Steve regresara a su lado. Ver su rostro angular y sus ojos azules toda la noche sin saltar sobre la mesa sería un ejercicio de control, pero si inhalaba su aroma y permanecía lo suficientemente cerca como para tocarlo, me desmayaría del deseo.

—La comida huele deliciosa. —Steve se acomodó y respiró profundamente—. ¿Escuchaste ese gruñido? —Dio unas palmadas a su estómago mientras caminaba a su silla—. Debo tener más hambre de la que imaginaba.

—No, eh, no lo escuché. —El sonido de los latidos de mi corazón ahogaba cualquier otro sonido—. Pero traje suficiente comida.

—Gracias. —Steve se sentó, recogió sus cubiertos y arqueó las cejas—. Tú también comerás, ¿cierto?

Miré mi plato y levanté mi tenedor.

—Sí.

—Bien. —Comió un poco de ensalada y llevó la cerveza a su boca—. Cuando viajo, suelo comer solo en la habitación de hotel o con un montón de clientes, así que puede decirse que trabajo toda la noche. Una de las cosas que me encantaba de estar en casa era tener una cena silenciosa y hablar. Pero ahora… —Respiró ruidosamente, sacudió la cabeza y luego volvió a comer—. Gracias por venir esta noche, Tanner. Era justo lo que necesitaba.

En ese momento y lugar, me hice la promesa silenciosa de que le llevaría comida a Steve la noche siguiente, y la siguiente, y la siguiente. No podía hacer mucho para compensar lo que perdió, pero una cena caliente y compañía le podría proveer. Y encontraría la manera de mirarlo lascivamente y babear al mínimo.

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