Granja McFarland Excerpt

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Capítulo 01

—Jared, soy yo. —Jared McFarland suspiró y alejó su mirada de los números sin sentido que abarrotaban la pantalla del monitor, para girarse hacia el contestador automático que estaba al otro extremo de su escritorio—. Sé que estás ahí. Levanta el teléfono y contéstame.

Susan no podía saber que de verdad estaba allí, ya que ella vivía en Phoenix y él a ciento cincuenta kilómetros al oeste, en Hope, Arizona. 

—La razón por la que sé que estás ahí es porque jamás sales de tu casa y son las nueve de la noche, lo que quiere decir que no hay suficiente luz para que estés trabajando fuera. —La habilidad de Susan para leer su mente lo aterraba—. Además, sé que estás en tu ordenador. —Adivinó—. Y el motivo por el que puedo tener la certeza de que estás ahí es que la última vez que te visité, instalé un programa que registra todo lo que haces. —Jared se quedó paralizado y comenzó a pensar en absolutamente todo lo que implicaba esa declaración. Después de hacer una pausa, Susan añadió—: ¿Necesitamos tener una conversación adulta sobre tu adicción a la pornografía?

Luchando por alcanzar el teléfono y responder, Jared perdió el equilibro en la silla de su estudio y casi se cayó.

—¡No soy un adicto a la pornografía! —gritó por el teléfono. Cuando no escuchó ninguna respuesta, se percató de que realmente no había contestado porque Susan no podía escucharle. Después de presionar el botón verde lo dijo de nuevo—: ¡No soy un adicto a la pornografía!

Abrir una página web un par de veces al mes, cuando la soledad le resultaba demasiado abrumadora no era una adicción. Además, realmente no lo disfrutaba tanto. Los hombres que veía en la pantalla no eran reales, ni siquiera podía olerlos, acariciarlos o saborearlos. 

—Por supuesto que no tienes una adicción a la pornografía —replicó incrédula—. Te conozco de toda la vida. Si la tuvieras ya lo hubiera sabido.

Alejó el teléfono de su oreja y lo miró extrañado, antes de volver  a acercárselo de nuevo.

—Pero me acabas de decir…

—Me limité a decir lo necesario para hacer que respondieras.

—¿Entonces no instalaste un programa para registrar todo lo que hago? 

—Podría ser, pero ese no es el punto —dijo sin darle importancia. Podía imaginarla moviendo la mano y acomodando su larga melena castaña sobre su hombro derecho—. Se llama manipulación. Es la misma forma con la que conseguía obligarte a hacer todo lo que quería cuando estábamos casados.

Susan había sido su novia en el instituto. Se habían comprometido al terminar la graduación, casándose seis meses después y divorciándose dos años más tarde. En aquel entonces ella se había mudado a Phoenix con Phillip Padrez, su nuevo novio, (y ahora esposo). Jared seguía amándola tanto como el día en que se casaron. Desafortunadamente, tanto ahora como en ese tiempo, no había sido suficiente. 

—Jared, deja de sentirte culpable. Hacen falta dos personas para casarse y también para divorciarse. 

Afortunadamente el final de su matrimonio no había significado el final de su amistad. Susan aún lo llamaba algunas veces a la semana y lo iba a ver cuando visitaba a su madre en Hope, lo que significaba que ese programa de espionaje podría ser una posibilidad muy real. Aunque Jared estuviera complacido con su relación actual, algunas veces se arrepentía de no haberle podido dar algo más.

—Pero si yo… si hubiera podido…

—Si no fueras gay, de todas formas hubiera sufrido viviendo en esa granja y los dos lo sabemos —dijo—. Así como ambos sabíamos que eras gay, aunque fueras muy joven para admitirlo o para darte cuenta de que no necesitabas cambiar. 

Durante muchos años, Jared había deseado poder cambiar. Pero a los treinta y dos, había dejado de desear poder cambiarse a sí mismo y enamorarse de una mujer. En lugar de eso, anhelaba conocer un hombre al que pudiera amar y con el que sentirse amado. 

—Lo sé —dijo en voz baja.

Susan suspiró.

—Espero que eso sea verdad porque me preocupa que estés ahí solo, en esa granja.

—No estoy solo —lo negó—. Todo el tiempo estoy rodeado de personas, que están trabajando, y cuando voy al pueblo a comprar suministros y…

—¿Esos hombres que trabajan en tu granja también lo hacen en tu cama?

Jared comenzó a toser.

—Eso no es asunto tuyo.

—Ajá, eso es lo que pensaba. Jared, ¿no te parece que ya es hora de que te esmeres más en conocer a alguien?

—Sé que tú y Phillip son felices, pero eso no significa que todos deseen tener una relación.

—No estoy hablando de todos, me ciño exclusivamente a ti. No te molestes en discutir conmigo del tema, porque sé la verdad. Vives ahí, en esa granja, lejos del resto del mundo y te mueres de ganas por tener a alguien que te espere en casa cada día.

Negarlo era inútil. Susan sabía de primera mano lo mucho que Jared anhelaba lo que acababa de describirle. Después de todo, se había casado con ella deseando eso mismo, aunque el afecto que compartían se había limitado a la amistad y no a lo que cualquiera, incluyéndolos a ellos, describiría como un amor romántico o apasionado.

—Anhelar algo y ser capaz de conseguir tenerlo no es lo mismo —dijo.

—¡Eso es porque no lo intentas! Si sales de la granja solo es para ir a Hope, cuya población es mínima, y de todas formas ni siquiera por esas le hablas a nadie.

—Hope no es tan pequeño y además  no lo entiendes.

No podía comprender que cuando se sentía atraído por un hombre, en un salón oscuro, y reunía el valor para acercarse hasta él, siempre tenía que ver cómo este de inmediato perdía el interés cuando miraba de cerca su rostro lleno de cicatrices. La barba no podía ocultarlo todo. Además, Jared tenía problemas para mantener una conversación; era imposible hacerlo cuando la otra persona no dejaba de mirarlo sin hacer gestos de dolor o alejando la mirada para ver si alguno de sus otros amigos lo estaban viendo hablar con el campesino raro y mal vestido. Lo único que los hombres en los bares deseaban del chico fornido de más de metro noventa, con el cabello rojo alborotado y rostro imperfecto, era que se los follara salvajemente en una esquina oscura y con una postura que les permitiera estar de espaldas a él. Buscar pornografía en su ordenador lo desmoralizaba mucho menos.

—Sí, lo sé —rebatió Susan—. Sé lo maravilloso que eres. Cualquier hombre se sentiría dichoso de tenerte. Todo lo que tienes que hacer es mostrar  tus deslumbrantes ojos verdes, sonreír y conversar un poco.

Si tan solo fuera así de sencillo. Se tragó sus emociones y le dijo:

—Dejemos el tema, Susan.

No esperaba que esa simple petición funcionara, especialmente porque no era la primera vez que la decía, pero para su sorpresa en esta ocasión sí lo hizo.

—De acuerdo —dijo—. De todas formas esa no es la razón por la que te he llamado.

Distraído por el milagro que acababa de ocurrir,  evitándole más sermones sobre su inexistente vida amorosa, Jared no se percató del golpe que venía en camino hasta que le estalló en la cara.

—¿Qué harás mañana? —preguntó Susan.

—¿Hacer?

—Ajá.

—Eh. Es martes, trabajaré.

—Te voy a mandar algo. ¿Tienes tiempo para ir al pueblo a recogerlo?

El horario de cada día era exactamente igual al anterior: despertarse al amanecer, trabajar con los productos orgánicos que tenía en los distintos invernaderos de su propiedad, calentar la comida, comer solo e irse a la cama, también solo. Aproximadamente una vez a la semana, iba al pueblo a por suministros y disfrutaba de una comida decente en el restaurante Jesse. Nada impedía que fuera a comprar suministros al día siguiente. Quizás tendría suerte y habría pastel de carne como plato especial del día.

—Claro. ¿Estará en casa de tu madre o en la oficina de correos?

—En realidad en ninguno de esos dos sitios. Él estará esperándote en la parada del autobús a las seis y cuarto. 

—Espera. ¿Qué?

—A las seis y cuarto en la parada del autobús —repitió.

—Escuché esa parte. ¿Dijiste “él”?

—Sí. Te mandaré a Lucas un par de meses. Bueno, técnicamente mi padre es el que te lo envía.

Ya recuperado del inesperado giro de los acontecimientos, Jared se sintió mareado por la mera mención del medio hermano de Susan. Con el cabello castaño, los ojos de color azul celeste, la piel morena y un cuerpo delgado y macizo, Lucas Reika era la persona más hermosa que Jared había visto en su vida. Susan era pequeña cuando sus padres se divorciaron. Su madre se había mudado a Hope, buscando una vida sencilla. Su padre se había quedado en Los Ángeles, administrando una exitosa cadena de restaurantes. Se había vuelto a casar  teniendo un hijo más, al que había criado solo, después de que su segunda esposa muriera.

—¿Por qué viene Lucas Reika a Hope?

Estar cerca de Lucas empeoraba el abrumador miedo que sentía al tener que lidiar con situaciones sociales, y lo convertía en un patético tartamudo. Afortunadamente, Lucas jamás le había prestado la suficiente atención como para darse cuenta de eso. Siempre había estado demasiado ocupado coqueteando con el hombre que llevara colgado del brazo en ese momento o con muchos otros. Lucas era el centro de atención a donde fuera y Jared era el hombre que estaba “encantado de conocerlo” cada vez que los presentaban, aunque no fuera la primera vez que se vieran: en la cena de aniversario de Susan y Phillip, en los bautizos de sus hijos y en las escasas celebraciones organizadas por el padre de Susan, cuyos restaurantes eran los mayores clientes de Jared.

—Porque pasar tiempo lejos de sus amigos y de L.A. es la mejor opción que Lucas tiene de sentar cabeza.

—No lo comprendo. —Jared agitó la cabeza y frunció el ceño—. ¿Se ha metido en alguna clase de aprieto? 

—Oh, por favor. Lucas “es” el aprieto. Lo has visto tú mismo.

Lucas era escandaloso, bebía demasiado y era muy egocéntrico.

—¿Qué ocurrió?

Susan suspiró.

—Finalmente se graduó en la universidad en junio, a duras penas. Le costó cinco años, pero terminó. Luego pasó dos meses de fiesta en fiesta y no movió ni un solo dedo para buscarse un empleo. Mi padre acabó totalmente harto y le dijo que si quería seguir recibiendo dinero, tenía que ganárselo. Incluso le ofreció enseñarle el negocio, lo que básicamente significaba pasar por los restaurantes y aprender de sus ejecutivos. Pero ya conoces a mi hermano.

—¿Lucas no trabajó? —preguntó Jared.

—Además de eso, el mayor problema fue que tuvo sexo en la cocina de Northstar antes de la apertura de las cenas el sábado por la noche, con el jefe de cocina. La anfitriona, que además era la novia del chef, los pilló in fraganti. Entonces comenzó a gritar y la mitad del personal entró corriendo a ver qué estaba sucediendo. En algún punto el chef o la anfitriona, no puedo recordar cuál, salió enfurecido y el otro lo siguió, lo que al final significó que no hubo chef ni anfitriona ese día en el restaurante insignia de mi padre. Fue un enorme caos. Los clientes fueron atendidos con retraso, la comida tardó en ser servida y ni siquiera me animes a hablarte del colapso nervioso que tuvo mi padre al enterarse de lo que hicieron en su mesa de trabajo. Completamente antihigiénico. 

Gruñendo, Jared sacudió la cabeza incrédulo. Paul Reika estaba muy comprometido con sus restaurantes. Los periódicos bromeaban que todo lo que tocaba se convertía en oro, pero en realidad, Paul trabajaba día y noche para que sus restaurantes lograran el éxito. El hecho de que confiara en Jared, un don nadie, para que suministrara sus productos orgánicos era un enorme honor, y un negocio muy lucrativo.

—No puedo creer lo que hizo.

—Oh, créelo. Lucas es un cretino consentido, egocéntrico, perezoso y esnob. Supongo que ha hecho cosas peores, pero mi padre las había estado ignorando hasta ahora.

—Pero esta vez pasó en su restaurante —dijo Jared, comprendiendo lo furioso que debió sentirse Paul.

—Exactamente. Ignorar a sus hijos es una cosa, pero ya sabes lo que siente por sus restaurantes.

Jared sabía que Susan no había hecho ese comentario para recibir lástima. Ella era consciente de qué clase de hombre era su padre y lo había aceptado hacía ya mucho tiempo. Tener una madre y un padrastro amorosos probablemente le había ayudado, pero además de eso Susan era fuerte, y del tipo de persona que “veía el vaso medio lleno”.

—¿Así que Lucas se siente avergonzado por lo que ocurrió y desea ocultarse del mundo un rato? —dijo Jared, tratando de comprender por qué se iba a quedar con él y cómo lo superaría sin tartamudear, quedarse mirándolo fijamente o comportarse como un inadaptado social. O al menos sin tartamudear y no poder quitarle la vista de encima.

—¿Avergonzado? —bufó—. Por favor. No dudo que lo haya hecho a propósito y no he visto nada que indique que se sienta avergonzado.

—¿Entonces por qué quiere escapar? ¿Y por qué viniendo precisamente aquí? Susan, no creo que le guste este lugar, es aburrido. —La granja, la vida, Jared. Todo eso sería soporífero para un chico que había crecido en Beverly Hills rodeado de decenas de amigos guapos, y que pasaba sus noches en los clubes de moda. 

—Aburrirse es lo que Lucas necesita. Y no importa lo que quiera. No tiene opción, mi padre lo está obligando. 

Frunciendo el ceño, Jared agregó:

—¿A qué te refieres con que no tiene opción? ¿Ese chico tiene… cuántos? ¿Veintitrés, veinticuatro años? 

—Tiene veinticuatro. Y tienes razón, técnicamente tiene opción. Puede quedarse aquí y ser desheredado o puede ir contigo, sentar cabeza y conservar sus tarjetas de crédito.

—Tu padre jamás le haría eso a Lucas. —Paul era un tiburón despiadado en los negocios, pero no desheredaría a su único hijo.

—Lucas esparció semen sobre la mesa de trabajo del restaurante insignia de mi padre antes de la hora punta un sábado por la noche. Mi padre tuvo que encontrar un nuevo chef y una nueva anfitriona. No solo sí le haría eso a Lucas, sino que más bien ya se lo ha hecho. Tuve que rogarle para que le diera una segunda oportunidad. —Hizo una pausa—. Rogar. Y el infeliz ni siquiera se tomó la molestia de darme las gracias por ello.

—¿Y enviarlo conmigo fue la única opción que se te ocurrió para torturarlo?

—No fue idea mía —dijo Susan—. Le supliqué a mi padre que le diera otra oportunidad a Lucas y dijo que solo lo haría con una condición.

Esperó a que Susan continuara y cuando no lo hizo, insistió.

—¿Y cuál era esa condición?

—Tú.

—¿Yo?

—Sí. Lucas tiene que quedarse contigo. Ese era el trato.

—Eso no tiene sentido —dijo Jared.

—En realidad, creo que es brillante. Tanto que desearía poder llevarme el mérito por haberlo pensado.

—¿Qué tiene de brillante? —preguntó Jared—. ¿Tiene experiencia en cultivos? ¿En irrigaciones? ¿En horticultura?

—No.

—¿Es un trabajador diligente? ¿Aprende rápido? ¿Está deseando aprender cosas nuevas?

—No.

—Entonces no creo que sea una buena idea, y no lo quiero aquí.

—¿Le negarás algo a mi padre? —le preguntó divertida.

A Jared realmente le agradaba Paul. No podía negar que a veces el hombre era frío, malhumorado y adicto al trabajo, pero Jared se llevaba mejor con él que con la mayoría de la gente. Y Paul se había arriesgado con él cuando apenas se iniciaba con su propio  negocio. Los demás clientes de Jared habían confiado en él por la reputación que se había ganado al producir cultivos de calidad, y se había ganado esa reputación gracias a los restaurantes de Paul. No podía negarle un favor a ese hombre, que era responsable de la mayor parte de sus ingresos y al que además consideraba un amigo.

—Maldición —dijo.

Riendo, Susan agregó:

—Eso es lo que pensé. Lucas estará en la parada de autobús mañana a las seis y cuarto. 

—Bien —suspiró Jared resignado—. Iré a recogerlo y buscaré algo que pueda hacer por aquí—. Miró alrededor de su desordenado escritorio y se pasó los dedos por el cabello—. Quizás pueda hacer el papeleo.

—Ajá. Claro. Le encantará.

—¡Ese tono de voz no me inspira ninguna confianza, Susan!

—Lo lamento —rio—. Gracias por aceptar, Jared. En serio.

No tenía opción. Y no solo porque Paul fuera su cliente más importante y también un amigo. Susan era su familia, la única que le quedaba.

—De nada. Saluda a Phillip y a los niños de mi parte. Hablaremos más tarde.

—Lo haré. Y ¿Jared?

—¿Sí?

—Buena suerte.

Colgó el teléfono, se recostó en su silla y cerró los ojos.

—Voy a necesitar más que suerte para sobrevivir al hecho de que Lucas Reika vivirá bajo mi techo durante dos meses.

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